22 de enero de 2007


Y el mar... un imán para nostálgicos. O para suicidas. O para flacos perros carroñeros que buscan pescados podridos.
Oh, Mar! Cómo extraño visitarte de noche, mojándome los pies en tus promesas y mediocridades humanas mal guardadas. Las promesas se evaporan con el sol, y las mediocridades emergen solas, si es que no flotan ya, para que algún pudoroso pretenda hacerse cargo de lo que no puede soportar solo.
¡Ascos! Yo no soy muy pudorosa. No me avergüenzo, acaricio a mis mediocridades en el lomo pegajoso (a veces las pellizco; uno no puede ser todo lo que desea, pero puede intentarlo). ¡Pero por fuerza hay que conocerse! Me da tanta repugnancia, la puta pretensión. No soy tolerante con el que da todo sin quedarse con nada, es una pileta de agua estancada. Pero lo soy menos con el débil en su chancha autocomplacencia moral, socialmente aceptada. Quiero hombres comunes de carne y hueso, de sangre, vómito y nervios. Y sin embargo yo... ¡Espero no encontrarme con alguien como yo! -¡Qué vergüenza, en el reflejo y la denuncia expositiva! Quiero en mi cuerpo un órgano encargado de secretar curiosidad y poder vital eternamente. Sólo eso podría salvarme.

-¿No tenés miedo de que los amores rechacen tu moral deforme?
-¡Si! Y ya me pasó... Esconderse es frustrante... no me quieren como soy totalmente.