El proceso de comprensión y aceptación
Juana, sentada en la cama, ve que unas hojas secas de cuaderno se empiezan a mover en círculo en el centro de su habitación. Se agarra la cabeza; se la ve impresionada y aterrorizada. Las luces del velador y la pequeña araña titilan rápidamente, haciendo que los colores cambien. Se escucha a altísimo volumen la interferencia de una radio mal sintonizada. Un bebé sale de la pared gruñendo y amenazando con sus dientes afilados y sus uñas negras. Mientas tanto, cacharros empiezan a golpear las paredes, y Juana se tropieza en su vestido de terciopelo negro, pero no se cae: se enrosca en los adornos colgantes que, como hiedra, envuelven su cabello alborotado y sus brazos. El remolino de viento crece y carga con todo y el ruido es atronador. Explotan aparatos, estallan bombillas. Agua empieza a aparecer, y sube dando vueltas en el remolino y arrastrando sillas y vidrios rotos. La primavera se consagra, mientras Juana, golpeándose con los marcos de las puertas, intenta agarrarse de alguna manija. El espejo que cubre todo el techo de la habitación hace que el caos crezca descontroladamente. Los libros son aves que pierden plumas en el alboroto, y esas plumas cortan a Juana en la cara y los brazos.
De repente, el nivel del agua baja y el huracán es vendaval, corriente, ráfaga, brisa. Las cosas inanimadas se desaniman, lo sobrenatural desaparece y lo caótico de ordena.
Juana, arrasada en lágrimas, termina de entender que su perro se murió. Se seca con un pañuelo la cara y se para. Le costó mucho aceptar, y además lo hizo en poco tiempo.
15 de noviembre de 2006
9 de noviembre de 2006
Despertar por Artaud
No explotar. No vomitarlos, expulsar lo que me achica. No entender del todo cómo servir a la causa. No sobrevolar para tener la panorámica objetiva que está ligada a mi absoluta subjetividad, a mi misma en profundidad y total libertad.
No superarlo todo. No desatarme. No sacármelo todo de encima de un acomodo de plumas, como el sacudimiento de un pato al secarse. Soy el pato que no desarrolló la estabilidad suficiente como para sacudirse sin perder el equilibrio.
¿Cómo consigo la estabilidad? ¿O voy a estar siempre empapada de encierros, chorreando ahogos espirituales?
No quiero resignarme, pero lo hago diariamente. A no volar. A que la magia se me escurra de las manos como arena.
No explotar. No vomitarlos, expulsar lo que me achica. No entender del todo cómo servir a la causa. No sobrevolar para tener la panorámica objetiva que está ligada a mi absoluta subjetividad, a mi misma en profundidad y total libertad.
No superarlo todo. No desatarme. No sacármelo todo de encima de un acomodo de plumas, como el sacudimiento de un pato al secarse. Soy el pato que no desarrolló la estabilidad suficiente como para sacudirse sin perder el equilibrio.
¿Cómo consigo la estabilidad? ¿O voy a estar siempre empapada de encierros, chorreando ahogos espirituales?
No quiero resignarme, pero lo hago diariamente. A no volar. A que la magia se me escurra de las manos como arena.
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